El dolor egoísta de no haber tenido acceso a ti fue más
grande que los cristales de nuestras risas. No soporté el fulgor que me
reflejaban; me cegó. Todo lo que alcancé a ver fue la silueta de ti y tu aura
radiosa de esmeralda y sangre, que no pudo alumbrar la mía, apagada y cetrina.
Así transcurrió un tiempo vano que ahora espero pasar.
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