Qué
refrescante es encontrarse a sí mismo en otro, verse ahí afuera y darle al otro
yo en otro cuerpo un abrazo y una palabra de aliento. Cuando siento que eres un
yo fuera de mí, la visión se expande porque ya no se limita a lo que el mundo,
desde afuera, trae a mis sentidos, sino que evoluciona hacia la comunión entre
lo que se de mi porque soy dentro y lo que se de ti (que es básicamente igual
de íntimo, ya no ajeno). Es como la claridad expandida de gemelos que comparten
una sensibilidad cronometrada.
Eres otro
yo. Por un patrón, un momento, o una vida. Más allá del espacio, eres otro,
pero hecho de mi misma sustancia.
En ti
entiendo por qué me cuesta querer: porque nunca me vanaglorié de conocer y
comprender nada que no fuera a mí misma, y así, lo que no conozco no puedo
realmente amar. En cambio, a ti te aprehendo como a mí misma, y tal como lo
hago conmigo, puedo quererte. Quizás más, porque en tu espejo limpio y con mis
ojos renovados perdono lo que para mi íntimo juez no merece piedad.
Eres otro
yo. Veo en tus ojos honestos, pudorosos y ávidos de creer, una llama de fuego y
plomo por la desilusión de descreer.
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