lunes, 18 de junio de 2018


Qué refrescante es encontrarse a sí mismo en otro, verse ahí afuera y darle al otro yo en otro cuerpo un abrazo y una palabra de aliento. Cuando siento que eres un yo fuera de mí, la visión se expande porque ya no se limita a lo que el mundo, desde afuera, trae a mis sentidos, sino que evoluciona hacia la comunión entre lo que se de mi porque soy dentro y lo que se de ti (que es básicamente igual de íntimo, ya no ajeno). Es como la claridad expandida de gemelos que comparten una sensibilidad cronometrada.

Eres otro yo. Por un patrón, un momento, o una vida. Más allá del espacio, eres otro, pero hecho de mi misma sustancia.

En ti entiendo por qué me cuesta querer: porque nunca me vanaglorié de conocer y comprender nada que no fuera a mí misma, y así, lo que no conozco no puedo realmente amar. En cambio, a ti te aprehendo como a mí misma, y tal como lo hago conmigo, puedo quererte. Quizás más, porque en tu espejo limpio y con mis ojos renovados perdono lo que para mi íntimo juez no merece piedad.

Eres otro yo. Veo en tus ojos honestos, pudorosos y ávidos de creer, una llama de fuego y plomo por la desilusión de descreer.

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